(Somos) Didí
estaba nervioso. Había arribado a Lima con el resto de la selección brasileña
para el partido de ida de la eliminatoria para el Mundial de Suecia, pero no
eran los rigores de ese encuentro lo que le inquietaba. Su aprensión se generó
porque en las prácticas nocturnas del Scratch en el gramado del Estadio
Nacional había perdido su aro de matrimonio y, para evitar la ira de su señora,
se dedicó durante varias horas a buscarlo, apoyado por sus compañeros. No lo
encontraron y el mediocampista debió volver con angustia a su hotel. Los
hinchas locales, al enterarse del hecho al día siguiente por los diarios,
anhelaron que ese extravío fuera un mal presagio para los verdeamarillos y que
el campo del José Díaz siguiera jugándoles malas pasadas.
PALABRA DEL DÍA:
PAÍS
Los
aficionados más racionales sabían que a ese equipo brasileño, integrado por
monstruos como Garrincha, Djalma Santos o Zózimo, no se le ganaba solo con
argumentos esotéricos, sino oponiéndole una fuerza respetable que pudiera
presentarle batalla. Esa vez la teníamos: un combinado bendecido por la
espontánea amalgama del talento natural con la picardía criolla protagonizado
por ‘Toto’ Terry, el ‘Conejo’ Benítez –en ese entonces baluarte aliancista y años
después pasión del Milan y de la Roma–, ‘Vides’ Mosquera y otras alhajas
familiares. Cierto, en varios casos la falta de profesionalismo y la bohemia
trajinaban sus biografías, pero habían hallado la soñada coherencia bajo la
batuta de Jorge Orth, un buen técnico húngaro al que la prensa hostigaba, más
que por las eventuales derrotas, a razón de su exorbitante sueldo de 21 mil
soles de la época (unos 750 dólares), lo que lo hace una suerte de Autuori
premoderno.
El 21 de
abril Brasil nos eliminó con un único gol fabricado a los once minutos. Lo hizo
Didí con un arma que no conocíamos, la folha seca, y por lo tanto solo pudimos
presenciar su letal belleza, como sucede con los que vieron desde lejos los
primeros hongos atómicos. Se trata de una maniobra reservada para quienes no
son del todo mortales: el pie del ejecutante impacta en la bola de modo que
esta sale disparada hacia el arco con tal velocidad que todo hace indicar que
se perderá más arriba del travesaño; sin embargo, esta inicia una imprevista trayectoria
descendente y acaba hermanándose con las redes. Así, el arquero peruano Rafael
Asca quedó tan desconcertado como sus demás compatriotas. La crónica de El
Comercio del día siguiente era encabezada con un “Raro shot de tiro libre dio
triunfo a los brasileños” y estaba teñida por la resignación de aceptar que
nuestros seleccionados no estarían en Estocolmo el invierno
siguiente.
Esa
serie clasificatoria fue el inicio de la relación de Didí con el Perú. Entre
1962 y 1964 vistió la fresca camiseta del Cristal y después, como técnico,
obtuvo para los rimenses el campeonato nacional de 1968. Ese mismo año fue
contratado como técnico de la selección, pues los dirigentes creían que su
prestigio podía ser favorable para pactar buenos amistosos internacionales. En
realidad, Didí nos dio mucho más que eso. Después de una racha negativa de
partidos sin ganar, convenció a sus hombres de sus ideas, basadas en la
elegancia, el lujo y la vocación ofensiva, y así cumplimos las gestas de la
eliminatoria de 1969 y el Mundial de México, en el que alcanzamos un meritorio
séptimo puesto y el diploma de la FIFA al fair play. Porque Didí era un
creyente de la caballerosidad y la limpieza deportiva, salvo en los momentos
difíciles que obligaban a ponerlas de lado, como esa tarde en la que fileteó
los shorts de ‘Perico’ León con una tijera y le ordenó arrancárselos para
enfriar el juego en el punto más complicado del partido de la Bombonera. Pero
estos son detalles. Lo importante es que cuando alguien en el mundo evoca la grandeza
de Didí, es imposible que no la sintamos también un poco nuestra.
La paciencia del 'Tigre'
Lo
convocó a ella Carlos Salvador Bilardo, monarca del antifútbol, como suplente
en el proceso eliminatorio para el Mundial de México. En los primeros cuatro
partidos el ‘Narigón’ no conoció otra cosa que la victoria. En la última fecha
necesitaba solo un empate en Lima para garantizar su clasificación. Perú, que
en un principio era comandado por el inestable Moisés Barack y ahora era
entrenado por Roberto Challe, debía ganar los últimos dos lances con los
albicelestes para arrebatarles el cupo mundialista. En Lima sorprendimos y
ganamos con un gol tempranero de Oblitas y la ya legendaria e infame marca de
Reyna a Maradona, de la que extrañamente mis paisanos se enorgullecieron por
varias décadas. Bilardo juró venganza y en la siguiente fecha, en Buenos Aires,
nos cobró la afrenta soltando en la barrosa cancha a un dóberman carnicero llamado
Julián Camino, que trascendió a la historia del fútbol sudamericano por
romperle la pierna a Franco Navarro, quien, a diferencia suya, era un jugador
de verdad.
Ese fue
un match épico, con todos los ingredientes que condimentan las hazañas peruanas.
Partimos con un hombre caído en combate, Argentina se puso arriba en el
marcador a los pocos minutos y Perú remontó con dos goles de gran calidad: el
primero un tiro libre de Cueto que Uribe convierte en un pase de cabeza para
Velásquez, quien la añade ante el pasmo de Fillol, Trossero y Passarella; el
segundo nació de otra jugada del ‘Poeta de la Zurda’, quien, desafiando las
leyes de la física, se escurre entre tres argentinos y cede a Barbadillo para
que este se haga famoso y ponga a Perú a tiro de piedra del Mundial.
Bilardo,
desde el banquillo, no sabe cómo reaccionar. A los 61’ se decide por sacar al
despreciable Camino para que ingrese el ‘Flaco’. Este ya había entrado en el
partido contra Venezuela en San Cristóbal y su actuación había sido muy discreta,
pero en esos instantes de apremio solo quedaba hacer un acto de fe. Y cuando
solo restaban once minutos para que el tiempo oficial se extinguiera,
Passarella cruza una pelota en el área peruana, Pasculli retiene a Chirinos con
ambas manos y la pelota se pasea hasta encontrar el botín de Gareca, quien
anota a placer ante la mirada impotente del portero Acasuzo. El ‘Tigre’ grita,
sonríe y levanta los brazos en son de triunfo. Todos en el Perú nos indignamos,
reclamamos la falta, nos sentimos asaltados y vejados, y la imagen celebratoria
de ese atacante esmirriado y narigudo, coronado por unos largos pelos rubios,
nos acompañó muchos años, como otras tantas que componen el ominoso y espeso
álbum de cuatro décadas de eliminaciones, goleadas humillantes y breves
esperanzas que terminaban en una mueca compungida.
Hay
quienes dicen que él no nos sacó de esa Copa del Mundo, pues después nos
enfrentamos a Chile en un repechaje por la última plaza sudamericana. Pero esa
gente olvida que el sentir colectivo puede ser más fuerte que cualquier
estadística y reescribir todo hecho fehaciente. No obstante haber sido decisivo
para clasificar al Mundial que Argentina campeonaría, Bilardo no incluyó a
Gareca en la lista de veintidós que viajaron a México. Fue un golpe rudo, que
él ha definido como la mayor decepción de su carrera. Su paciente
reivindicación, 33 años después y de la mano de un Perú al que le enseñó a
codearse entre los grandes, ya es de sobra conocida.
Al ‘Príncipe Etíope’ y al ‘Tigre’ los unen haber sido
primero nuestros ultimadores y luego quienes nos devolvieron la alegría después
de largo tiempo. Verdad es que cada uno lo hizo a su estilo: el gol de Didí que
nos sepultó es coherente con su manera mágica y virtuosa de entender este
juego; el de Gareca, nacido de la lucha y de una actitud indoblegable, también
es congruente con su visión. Con los mismos principios con los que nos mataron,
nos devolvieron a la vida. Y aquí estamos, agradecidos y expectantes.






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