Ahora, antes que arranque Rusia 2018,
es el momento de recordar aquellos días inciertos de lo matemáticamente posible
y la poquita fe. Ha sido una epopeya, con algo de suerte y de telenovela
también, llegar a este campeonato mundial
(Somos) El 2 de marzo de 2015, millones de peruanos no sabían quiénes eran Miguel Trauco, Anderson Santamaría, Miguel Araujo o Wilder Cartagena. Tan solo los aficionados al fútbol conocían que el Orejas Flores había vuelto de España y nadie imaginaba que un gordito llamado Christian Cueva, al que pifiaban en Matute cuando jugaba contra Alianza, sería titular indiscutible de la Selección peruana. Ese 2 de marzo, Paolo cumplía dos meses de romance con Alondra García Miró, no tomaban ningún té y los exabruptos de doña Peta ocurrían en estricto privado y no en cadena nacional. Los sufridos seguidores de la blanquirroja tenían, como siempre, una calculadora en casa para el ritual del “matemáticamente posible” y sabían que, en las inminentes eliminatorias, seguirían leyendo la tabla de posiciones de abajo hacia arriba. Las novias se casaban sin pedir de regalo una foto con un flaco alto. Nadie cantaba, ni en las peñas criollas, Porque yo creo en ti, vamos, vamos Perú y si alguien se ponía una camiseta blanquirroja para entonar Como no te voy a querer la familia pedía, angustiada, una cita con el psiquiatra. Eso éramos. Y a nadie, absolutamente a nadie, se le ocurría preguntar por el precio de un pasaje a Moscú y nadie imaginaba que existían las ciudades de Saranks, Ekaterimburgo y Sochi.
Por eso,
aquel lunes 2 de marzo de 2015, cuando un hombre alto, flaco y con una melena
rubia ingresó a la sala de conferencias de la FPF, millones de peruanos apenas
se interesaron por la noticia, nadie se agolpó en la puertas de La Videna y a
la cita acudieron únicamente los periodistas deportivos, alguno de ellos
salivando ante la ocasión de hincarle los colmillos a su nueva víctima.
Tres
años después de aquel 2 de marzo de 2015, la maravillosa proeza realizada por
nuestros futbolistas, por Gareca y su comando técnico
—Bonillo, Solano, Santín, Alves, Márquez, Vaccarini, Honores—, por el director
deportivo, Juan Carlos Oblitas, y el gerente de selecciones, Antonio García Pye,
tiene al Perú trepidando de fiebre mundialista y a Gareca ubicado en el
pedestal más peligroso que los peruanos pueden otorgar: el de héroe nacional.
Terrible destino porque, en estas calles, la línea que divide la gloria del
abismo es demasiado delgada por la terrible costumbre nacional de pasar del amor
absoluto al odio visceral.
Por eso,
antes de que suene el pitazo inicial de los (primeros) tres partidos que el
Perú jugará en Rusia 2018, conviene señalar que si los resultados
fuesen adversos será un mezquino aquel que, en julio, se ponga a gritar o
escribir la palabreja aquella que tanto usan los villanos nacionales:
“Fracaso”. Sean cual fuesen los resultados aquí no hay fracaso. Incluso si
volviésemos en primera vuelta, Gareca y todos los que lo han acompañado
en su gesta seguirán siendo los mismos inmensos profesionales que se han ganado
un inmenso reconocimiento.
La razón
es evidente: nunca antes hemos tenido tanta alegría junta. Nunca antes padres,
hijos y abuelos habían conocido lo que es abrazarse vibrando de tanta alegría,
nunca antes generaciones enteras habían experimentado la intensa y maravillosa
emoción de goles peruanos victoriosos que significan, además, la alegría del
día siguiente; el descubrir la sensación de comprarse una camiseta blanquirroja
y ponérsela con el orgullo de sentirse peruanos. El descubrir que es posible el
esfuerzo que conduce al éxito.
Hay algo
más y es muy valioso. Ya no somos los marginales de la fiesta más grande del
planeta. Existimos y esa identidad en algo nos tiene que servir. En un artículo
titulado Perú canta y canta, el diario Tagblatt de Suiza una nación que
simboliza estándares altos de civilidad— escribió esto luego del Perú-Arabia
Saudita jugado en la ciudad de St. Gallen: “Miles de personas demostraron a los
suizos reservados, lo que significa celebrar una fiesta futbolística. Los
peruanos llegaron desde todas partes de Europa a St. Gallen. 120 buses llegaron
a la ciudad. La mayoría venían desde Italia. Los organizadores habían calculado
que llegarían 2 mil espectadores, pero cada vez aumentaba el número. Con 18.053
espectadores, todas las entradas del estadio Kybunpark se vendieron. Casi nunca
tuvo el estadio de St. Gallen una atmósfera tan apasionada. El policía de la
ciudad, Lukas Schmuki, dijo a los medios: “El balance es positivo. No hubo
incidentes. Los peruanos son conocidos como gente pacífica. Fue una fiesta”.
Nunca un equipo fue ovacionado durante dos horas seguidas en el
Kybunpark”.
Se
fueron entre aplausos y cuando vuelvan tenemos la obligación de recibirlos con
aplausos, incluso si el sueño mundialista, matemáticamente, no fuese
posible.


Publicar un comentario