(Expreso) Estos son algunos de los
titulares con los cuales despertaron ayer los peruanos. Igual que ocurre todos
los días en este país. Un incesante bombardeo de malas noticias trufadas
fundamentalmente de hechos que revelan que la corrupción va ganándole la
batalla al Estado, y que los gobernantes, así como la cúpula del poder
político, mediático, empresarial, etc., siguen haciendo de las suyas, al
extremo que los jueces y fiscales sucumben frente a este obsceno poderío.
Hablamos entonces de hechos que crispan, indignan y soliviantan a nuestra
sociedad y que, con certeza, desde hace ya un buen tiempo vienen engendrando un
movimiento colectivo de proporciones y características radicales que, a no
dudarlo, nos advierten de una explosión social incontrolable y sumamente
peligrosa. Quien no quiera ver esta realidad es tonto.
Si algo
exacerba la furia popular en el sentido amplio del término; vale decir, no solo
en las capas menesterosas sino sobre todo la clase media es que hace décadas en
el Perú se habla de corrupción. Quizá la primera vez que esta se graficó –y
condenó de manera contundente fue tras los videos grabados por Montesinos que
reflejaron la repartija de millones a toda clase de personas para comprar
conciencias como pago de favores al poder político.
La
irritación que produjeron esos videos –aplacada por la carcelería a muchos
corruptos– se evidenció con el triunfo del primer
sinvergüenza, Alejandro Toledo, que izó la banderola de la lucha contra la
corrupción. Este miserable engañó al pueblo apenas llegó a palacio, pactando
con la trama corrupta brasilera para robarle US$ 30 millones al Fisco. Aquel
desengaño significó un golpe feroz contra la fe popular. Luego vino el también
corrupto y canalla Ollanta Humala que, cobijado bajo el antifaz izquierdista,
abanderó la “inclusión social” como caballito de batalla para embolsicarse ene
millones de dólares, tal como lo registran las “agendas” escritas por su mujer.
Finalmente Kuczynski arribó a palacio con el juramento de acabar con la
corrupción. Lamentablemente al poquísimo tiempo tuvo que renunciar, enredado
por sus vínculos previos con la mafia odebrechtiana.
En
conclusión, al pueblo peruano no solamente lo han despojado de miles de
millones de dólares que el Estado pudo destinar a construir, equipar y operar
hospitales, escuelas, comisarías, etc., de primerísimo nivel en beneficio de la
sociedad, sino que, además, lo han engañado unos falsos adalides que le
pidieron el voto para llegar a palacio con el objeto de acabar con la
podredumbre, e hicieron todo lo contrario.
La ira popular está entonces plenamente justificada.

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