- Como el novio que quiere dejar
claras sus condiciones sin romperle el corazón a la novia. Así se mostró
Ricardo Gareca en conferencia de prensa en la que levantó las banderas de la
libertad y envió varios mensajes indirectos a los altos mandos de la FPF
“soy un
técnico libre”, “necesito tiempo para pensar”, “fue una experiencia
maravillosa”, etcétera. La hinchada, entre el humor y la angustia, le
respondió a través de las redes sociales: “Gareca,
sácame la vuelta pero no me dejes”, “Nadie te va a querer como nosotros”, “Dime
qué es lo que quieres que cambie” y
así.
¿Fueron las palabras del ‘Flaco’ la señal de un
rompimiento que quiere efectuar sin excesivos traumas o solo la sincera necesidad
de aclarar el panorama ante un nuevo reto que emergerá tras el Mundial?
Todos
nos hemos quedado con más interrogantes que certezas después de su
intervención, pero hay algunas presunciones que pueden tomarse en cuenta. Una
de ellas es que el ‘Tigre’, quien
actualmente posee gran popularidad y una confianza general de las que ningún
anterior técnico de la selección ha gozado, no desea perder todo lo cosechado
en un nuevo proceso que carezca de los éxitos de la eliminatoria para Rusia.
El puesto de entrenador de Perú es como el
desierto de Libia: quemarse es demasiado fácil. Lo ha dicho muy bien el
periodista Juan Carlos Ortecho:
“Lo mínimo que se le
va a pedir ahora es que clasifique al próximo Mundial. Una tarea nada sencilla
en la región más competitiva del mundo. Porque siendo hombre de fútbol y
conociendo la naturaleza volátil del fútbol peruano, sabe que la unanimidad y
la popularidad pueden desvanecerse con un par de resultados adversos”.
Ese escenario, ciertamente, lo hemos vivido en
más de una ocasión: que lo digan Autuori,
Markarián o Maturana.
Existe
un miedo del que no se habla tanto, pero que se siente bastante:
La posibilidad de que sin Gareca regresemos
a los tenebrosos predios de un largo pasado ayuno de clasificaciones donde encadenar
dos victorias seguidas era empresa de titanes.
Esa negación de volver a una relación abusiva
con el fútbol internacional produce que muchos perciban a Gareca como un líder
imposible de sustituir, al menos a mediano plazo. Pero en este negocio nadie es
imprescindible, ni siquiera el técnico que nos hizo llegar a una Copa del Mundo
después de 36 años. Cuando desarbolamos el último proceso creíble que tuvimos
antes de este –el de Juan Carlos Oblitas, entre 1996 y 1999–, las
consecuencias, como todos sabemos, fueron funestas. Pero eso no se debió a que
no hubiera futuro posible luego del ‘Ciego’, sino a
las incomprensibles decisiones de la Federación de entonces, cuyos dirigentes
se caracterizaban por su orfandad de ideas y una desesperante incapacidad para
defender ideas fijas a largo plazo; como decía Edmundo
Desnoes, esa es la perfecta definición del subdesarrollo.
Esa
debería ser la mayor preocupación de la FPF, no la de mantener
a Gareca a como dé lugar.
Lo que debe exigírsele a Oviedo es persistir en los principios básicos y en
los hombres que los han puesto en marcha, como el mismo Oblitas o Antonio García Pye, los verdaderos gestores del renacimiento peruano, a los
que ha dejado trabajar sin obstáculos visibles. Elegir otro camino es garantía
de naufragio.
Es
cierto que será complicado, en caso de que Gareca no renueve, hallar a un profesional
con sus características:
Conocedor del medio, hábil para manejar las
miserias y el cargamontón del periodismo, decidido para eliminar de cuajo
cualquier asomo de indisciplina y aburguesamiento en el equipo. Pero nunca nada
ha sido fácil para nosotros.
Esta es
solo una prueba más en el rumbo hacia un objetivo que no se acaba en Rusia ni
mucho menos: el de afianzar al fútbol peruano en todos sus aspectos, ese mismo
que hace nomás dos años era un montón de ruinas y ceniza al que nadie quería ni
acercarse. Solo con memoria y constancia lo podremos conseguir.

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