En ningún momento decimos: “creo en los sacerdotes, los obispos y el Papa”. Si siempre
es oportuno tener las ideas claras y la fe firme, lo es más ahora, ante la
impresionante ola de escándalos sacerdotales de pederastia y encubrimiento
hechos públicos en Estados Unidos. Era una cloaca nauseabunda que, al llevar
mucho tiempo cerrada, emite un horrendo aroma de putrefacción, que a todos
estremece.
Por ello, nuevamente, es oportuno reafirmar nuestra fe: “creo en Jesucristo, no en los curas”; primero yo,
que soy sacerdote y he fallado y fallo continuamente. No me siento con la
autoridad de juzgar a nadie; felizmente es Dios quien ve en los corazones, y
existen tribunales civiles y eclesiásticos para juzgar delitos, pues la
pedófila es una enfermedad y un delito, no es solo un pecado.
Ahora bien, analizando la dolorosa situación, con la premura que permite
lo vertiginoso de los medios de comunicación, pueden entreverse algunos
elementos esperanzadores. No se trata de un optimismo a prueba de cualquier
desgracia o de cerrar los ojos a la realidad, más bien todo lo contrario. Dice
Jesús en el evangelio y no le falta razón: “la verdad
os hará libres”. Un santo de nuestro tiempo apostillaba: “No tengas miedo
a la verdad, aunque la verdad te
acarree la muerte.” Es decir, es bueno que se destape la cloaca, es bueno que salga
todo el pus, exprimir la herida por más doloroso que ello sea, para conseguir
una curación real, en profundidad y no simplemente limpiar la fachada o barrer
debajo de la alfombra.
En este sentido, también la investigación realizada en Pensilvania
ofrece elementos positivos para una mirada desapasionada, no tendenciosa,
fanática o sectaria. En el fondo es el fruto de la activa colaboración entre la
Iglesia y la autoridad civil. La Iglesia que abre sus archivos, y la autoridad
civil que hurga en ellos buscando afanosamente la verdad. El resultado de
setenta años de historia es triste: trecientos sacerdotes abusadores, más de
mil niños afectados, una sistemática cultura del encubrimiento… y también,
hechos lamentables que en su mayoría han ocurrido ya hace mucho tiempo.
Es decir, si es cierto que la viveza de los relatos produce terror
y consternación, clamando por justicia y reparación, también lo es que en su
inmensa mayoría esos tristes hechos ocurrieron hace mucho tiempo. Podemos decir
entonces que ahora está saliendo a la luz una enfermedad del pasado. Esto
último es importante, pues lo impactante de los titulares de prensa llevaría a
pensar que eso está sucediendo ahora, que la Iglesia en general y la de los
Estados Unidos en particular es peligrosa para los niños. Todo lo contrario, el
problema no es de ahora; ahora en cambio se van dando pasos firmes hacia su
solución: transparencia con la sociedad, colaboración con la autoridad civil,
capacitación para trabajar con menores, mejor selección de los candidatos al
sacerdocio. Esto es lo real ahora, los titulares reflejan las culpas del
pasado, que hasta ahora se están curando a través del doloroso proceso de
esclarecer la verdad y pasar la consiguiente vergüenza.
Quizá lo más dramático de estas narraciones no sea tanto la
sordidez del crimen, sino la cultura del encubrimiento. Es decir, no se trata
solo de castigar al delincuente, sino de evidenciar una cultura del
encubrimiento, que convierte en cómplice, y por tanto también en delincuente,
al obispo. Esta cultura del silencio culpable es la que de forma más abrupta
resulta evidenciada por la investigación de Pensilvania. Los reflectores no
están tanto en los curas abusadores, cuanto en los obispos encubridores. El
Papa Francisco ha sido claro que no hay espacio para unos y para otros en la
Iglesia.
Por eso, cobran dramática actualidad las palabras de san Agustín: “Si me asusta lo que soy para vosotros, también me consuela
lo que soy con vosotros. Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano.
Aquel nombre expresa un deber, este una gracia; aquel indica un peligro, éste
la salvación.” ¡Qué duro ser obispo!, ¡qué responsabilidad!
Somos testigos de cómo algunos no supieron manejar las crisis, prefirieron
defender a sus sacerdotes y el buen nombre de la Iglesia que proteger a los
niños. Craso error. Muchos ya no están entre nosotros, habrán dado cuenta a
Dios de sus errores de gobierno. A los cristianos nos queda fortalecer nuestra
fe en Cristo, depurarla de ingenuidades angelicales, pedir por los sacerdotes y
los obispos para que estén a la altura de su llamado, y exigir que se haga
justicia y se implemente una cultura de la verdad y la transparencia.

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