“Someter a referéndum la no reelección de congresistas, por
ejemplo, es una muy mala idea que no mejoraría la representación
política”.
(ElComercio) Las
pésimas propuestas políticas del presidente Martín Vizcarra planteadas
en su mensaje del 28 de julio fueron saludadas con un entusiasmo extravagante
por el antikeikismo, mostrando que la polarización política nubla el
entendimiento de las personas que en estas circunstancias son capaces de
respaldar disparates mayúsculos.
Someter a
referéndum la no reelección de congresistas, por ejemplo, es una muy mala idea
que no mejoraría la representación política. Al contrario, la empeoraría
significativamente. Pero es un proyecto demagógico y populista que
probablemente tendría la aprobación mayoritaria en un plebiscito. En realidad,
lo que debería hacerse es revertir la pésima decisión que se tomó en el período
anterior de prohibir la reelección de gobernadores regionales y alcaldes.
Poner a
votación popular la bicameralidad especificando que el número
de parlamentarios no sobrepasaría los 130 es una necedad. Primero, porque hay
una alta probabilidad de que sea rechazada, a pesar de que es necesaria.
Convendría que este tema sea debatido en el Congreso. Segundo, porque el número
de congresistas debería ser mucho más grande –con mayor razón si hay dos
cámaras– para poder tener una representación que se adecúe a la población del
país y con distritos electorales más pequeños.
Es urgente
cambiar las normas referidas al financiamiento de los partidos, que ahora están
diseñadas para permitir el ingreso de dinero sucio e ilegal. Pero no hay manera
de arreglar ese tema complejo con una pregunta simple en un referéndum.
Y el
cuento de que eso significa apoyarse en la ciudadanía para combatir a las
élites corruptas es una falacia que ni los mismos promotores y defensores de la
desatinada iniciativa del presidente pueden creer. La abrumadora mayoría de la
opinión pública aprobó el cierre del Congreso el 5 de abril de 1992. Y, como
demuestran las encuestas, la inmensa mayoría respaldaría la reinstauración de
la pena de muerte o estaría de acuerdo en prohibir el matrimonio homosexual,
temas con los que casi todos los entusiastas de la propuesta de Vizcarra no
están de acuerdo.
El
referéndum, además, no puede ser convocado por el presidente, como se han
encargado de recordar varios juristas.
En suma,
los temas son contraproducentes e inconvenientes y el procedimiento es
incorrecto. ¿Por qué tanta algarabía entonces?
Lo más
importante que rescatan los defensores de esta desacertada propuesta es que le
ha permitido al presidente Vizcarra tomar la iniciativa, poner
la agenda del momento y arrinconar al Congreso, en particular a la mayoría
keikista. Paradójicamente, casi todos están de acuerdo en que las proposiciones
son un adefesio, y que, de aprobarse, empeorarían significativamente el sistema
político.
Resulta
entonces que, de acuerdo a este razonamiento, lo que importa es tomar la
iniciativa y golpear al Congreso. ¿Para qué? Es un misterio. Suponer que Vizcarra está seriamente
interesado en mejorar el sistema de justicia y combatir la corrupción, y que
está tomando un tortuoso camino que pasa por empeorar la deteriorada
representación política, es un salto lógico que no tiene sustento.
Más bien
pareciera que Vizcarra es otro oportunista político que está
aprovechando el mayoritario sentimiento antifujimorista en beneficio propio –en
este caso para mejorar su popularidad y consolidar su poder–, como han hecho
varios caudillos en las dos últimas décadas.
El asunto
es que las propuestas de Vizcarra tienen varios problemas. En
primer lugar, contribuyen a desviar la atención de lo que debería ser el
objetivo prioritario: la lucha contra la corrupción y la reforma del sistema de
justicia. De cumplirse el plan del gobierno nos pasaremos muchos meses
discutiendo alternativas imprudentes como la no reelección de congresistas.
(Respecto a la propuesta sobre la justicia, vale la pena leer el comentario de
Luis Pásara, “Reformar la justicia.
Una mirada a la propuesta del presidente de la República”).
En segundo
lugar, se ha abierto un nuevo período de tensión entre el Gobierno y el
Congreso sobre temas inconducentes, como los propuestos para el referéndum. Un
desenlace posible que pronostican partidarios y adversarios del gobierno es que
si el Congreso traba o bloquea el plebiscito, Vizcarra podría plantear una
cuestión de confianza con la intención de disolver el Parlamento y convocar
nuevas elecciones. Yo no comparto esa idea, no creo que se atreva. Pero si lo
hiciera sería desastroso para el Perú y para los principales involucrados.
Implicaría un largo período de incertidumbre y parálisis, con resultados
impredecibles.
En
síntesis, por donde se le mire, la iniciativa de Vizcarra es nociva. Si se
llega a realizar el referéndum, sería perjudicial para el sistema político. Si
no se efectúa, se habrá perdido el tiempo y se habrán desgastado fuerzas en
disputas estériles. Y todo eso es festejado desmedidamente solamente porque ha
golpeado un poco no demasiado y ha puesto a la defensiva a la ya debilitada
mayoría keikista del Congreso.

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