Hoy se jacta de tener más cafeteras que raquetas. Según el escritor
David Foster Wallace, autor del ensayo El tenis como experiencia religiosa, los
tenistas no cuentan su vida por dos cosas: porque no quieren alumbrar las zonas
oscuras y porque los genios no saben cómo explicar su genialidad. Al calor de
un espresso, con Gabriela hablamos de Open, el crudísimo libro de memorias de
Andre Agassi; de Nueva York, donde siente que la vida le pasa por encima; de
Roma, donde sus clubes de fans todavía están activos; y de cómo, en sus años de
jugadora, viajaba mucho, pero no conocía nada. "Me defino como viajera y cafetera", dice ahora: "Lo
lindo que tiene el café es el ambiente que lo rodea. Las cafeterías son lugares
hermosos. Ahí me puedo quedar horas, sola o acompañada".
La carrera
del tenista profesional es una gesta del sacrificio individual: dice que cuando
jugaba tomaba café pero que le hacía mal (aunque ha visto a Federer y a
Wawrinka apurar un espresso entre set y set). Pero desde hace algunos años
tiene lo que llama "la
locura": una pasión irrefrenable por preparar y tomar café. También por
leer y hablar de la infusión. Ella, siempre prudente con las palabras,
reconoce: "El café es el alma de la conversación".
En Zúrich,
donde vive la mayor parte del año, hizo un curso en el que aprendió lo teórico
(el origen del café) y lo práctico (cómo prepararlo y catarlo). Fue una
epifanía: "De golpe me di cuenta de
que estaba metida en todo lo que tenía que ver con el café". Habla de
varietales, tostados, molidos y versiones del cappuccino, su bebida favorita.
En los viajes, enumera cafeterías para visitar como quien tacha museos
pendientes de una lista; en su casa, hace de la cocina un laboratorio donde
experimenta distintas preparaciones como un guiño de hospitalidad a quien la
visita. Siempre con voz dulce, dice que "lo
fundamental del café es que te lo preparen con cariño: te das cuenta quién pone
amor al hacerlo y eso hace mucho al resultado final".
"Hecho en casa", repite cada
vez que comparte una foto donde se confirma diestra con los cappuccinos. En la
tarde que pasamos juntos, ella se dedica a la conversación sin apuros y lo
único que la pone ansiosa es la espera de una cafetera italiana La Marzocco
varada en la aduana: un maquinón casi profesional igualito a los que tiene en
los Estados Unidos y en Suiza.
Gabriela es
una ciudadana del mundo (ahora mismo está de viaje y queda pendiente, para un
futuro regreso a Buenos Aires, el compromiso de juntarnos. para hablar de café;
las pasiones son así: nos vuelven monotemáticos). La cocina de su departamento
porteño no estará completa hasta que no llegue la máquina y acaso eso la
inspire a pasar más tiempo acá: para los apasionados como nosotros, una casa se
convierte en un hogar cuando ponemos a andar la cafetera.

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