Por: Hugo Otero Lanzarotti
La elección de
Verónica Mendoza como gobernadora del Cusco simboliza el triunfo del Cusco
histórico y levanta una esperanza que trasciende sus fronteras.
Es una esperanza
compartida por todos los peruanos comprometidos con la democracia, la justicia
social y la construcción de un país más justo y unido.
Desde los
tiempos del Virreinato у de la
Independencia,
el Cusco ocupa un lugar singular en la historia del Perú. Es memoria, identidad
y símbolo de resistencia. Es el apu sagrado y protector que, en este momento de
nuestra historia, puede convertirse también en una fuerza capaz de contener la
marea reaccionaria que avanza por el continente y pretende adueñarse del país.
Pero el
verdadero desafío de Verónica Mendoza recién comienza. No consiste solamente en
ganar una elección. Consiste en gobernar el Cusco y crecer políticamente con su
pueblo. En convertirse en una alternativa que cree en la unidad, que convocará
al diálogo y promovera la participación. Ahora debe demostrarlo con sus actos,
con sus decisiones y, sobre todo, con los resultados de su gobierno.
Verónica
Mendoza ha sido una destacada parlamentaria y una esforzada candidata
presidencial. Esa experiencia política puede ser el punto de partida para una
nueva etapa: la de convertirse en una joven y querida líder de su pueblo. ¿Será
esta experiencia la que defina su futuro político? El tiempo y los
acontecimientos que protagonice darán la respuesta. Será importante para ella,
pero también para la política peruana necesitada de liderazgos honestos,
eficientes y comprometidos primero con la gente, sean o no sus partidarios.
Para lograrlo
tendrá que salir de los moldes de la política tradicional y de la lógica política
dominada por la propaganda, el marketing y las redes sociales.
Hoy son
precisamente algunos de esos espacios los que buscan atacarla, descalificarla y
destruir su imagen. No debería responderles quedándose atrapada en esa lógica.
Su principal
fuerza política debe estar en otro lugar: en la calle, en las comunidades, en
los pueblos, en los barrios; cerca de la gente y de sus necesidades concretas y
urgentes. Un gobierno regional se legitima menos por lo que dice en las redes
que por lo que hace por la vida cotidiana de sus ciudadanos.
Una de las
principales tareas de la nueva gobernadora será, además, establecer una
relación justa y democrática con el Gobierno central y con los sectores
políticos de la Lima centralista y hegemónica que intentan desconocerla,
aislarla y debilitarla.
Pero para
negociar con Lima necesita primero tener detrás de ella la fuerza de su propio
pueblo.
Solo podrá
hablar de igual a igual con Lima si el Cusco la reconoce como su líder.
Y aquí está,
quizás, el aprendizaje político más importante que quisiera transmitirle desde
mi propia experiencia.
He participado
durante muchos años en la política peruana y he conocido el poder desde Lima,
sus campañas, sus mecanismos y también sus límites.
Por eso estas
líneas no pretenden ser una lección para Verónica Mendoza ni una recomendación
interesada. Las escribo con respeto y con el deseo sincero de que pueda servir
bien al Cusco y al Perú.
Debe comprender
y sentir algo fundamental: el poder no le pertenece a quien ocupa el cargo. El
poder pertenece al pueblo que lo otorga.
Por eso el
Cusco debe mandar y Verónica Mendoza debe saber obedecer su mandato. No
gobernar para que el pueblo la obedezca como si fuera manda mas, sino gobernar
obedeciendo.
Obedecer no
significa renunciar a sus convicciones ni someterse a las presiones de nadie.
Significa escuchar, comprender, dialogar, representar y rendir cuentas.
Significa que las decisiones del gobierno deben nacer de las necesidades reales
de la gente y volver a ella convertidas en obras, derechos, oportunidades y
justicia.
Gobernar
obedeciendo supone también escuchar a quienes no votaron por ella. Al campesino
y al empresario, al joven y al anciano, al trabajador y al emprendedor, a las
comunidades y a las ciudades, a quienes piensan como ella y a quienes discrepan
de ella.
Esa sería una
verdadera revolución política.
Porque el Perú
no necesita solamente cambiar de gobernantes. Necesita cambiar la manera de
entender y ejercer la responsabilidad del poder.
Si Verónica
Mendoza logra que el Cusco se sienta escuchado, respetado y representado; si
consigue unir a su pueblo en su diversidad; si gobierna con eficiencia y
honestidad; si convierte la política en servicio y no en privilegio, entonces
su triunfo electoral habrá adquirido un significado mucho mayor.
Podría
demostrar que desde el Cusco histórico puede comenzar una nueva manera de hacer
política
en el Perú:
un poder que no
se impone desde arriba, sino que escucha desde abajo;
un gobierno que
no exige obediencia, sino que aprende a gobernar obedeciendo.
Ese sería el
verdadero mandato del Cusco.
poder que no se
impone desde arriba, sino que escucha desde abajo;
un gobierno que
no exige obediencia, sino que aprende a gobernar obedeciendo.
Ese sería el
verdadero mandato del Cusco.
Y también una esperanza
para el Perú.




