Se cumplen 50 años
del golpe militar de 1968, y se recuerda aquí un hecho ínfimo en medio de
grandes cataclismos: la expulsión de Carlos Santana y su banda. El diablo, como
se sabe, está en los detalles.
(Caretas) Hay historias en que parece fácil saber quiénes son los buenos y
los malos. La expulsión de Carlos Santana y su banda de rock en 1971 es una de
esas fábulas de lobos y corderos muchas veces contada. Su significado es
meramente simbólico, se trata de un incidente que animó la segunda página de
los diarios de Lima durante unos pocos días. Se diría que estaba destinado a
olvidarse, junto con todo el periódico, y exhumarse con suerte muchos años
después, como otra muestra de las maravillas que produce el olvido.
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| Espectantes tratativas. Negociaciones ideológicas antes del concierto en San Marcos |
Pero no fue así. Al contrario, con el paso del tiempo el hecho fue
adquiriendo nuevos significados y una estatura mayor. La fama de Carlos Santana
lo explica en parte, pero eso solo refuerza el lado decisivo del caso: el país
donde el músico aterrizó al mediodía de un jueves de diciembre. Digamos que
Santana y el país de Velasco eran una combinación demasiado inquietante para
ocurrir sin dejar rastro.
Han pasado los años, como se sabe, los rockeros envejecen a toda velocidad, el próximo aniversario significativo será el cincuentenario. Ese pequeño fragmento de tiempo y su infinito mecanismo siguen allí, listos para ser desarmados y expuestos por piezas, para que se vea su curioso funcionamiento. Aquí un ensayo preventivo de eso.
Han pasado los años, como se sabe, los rockeros envejecen a toda velocidad, el próximo aniversario significativo será el cincuentenario. Ese pequeño fragmento de tiempo y su infinito mecanismo siguen allí, listos para ser desarmados y expuestos por piezas, para que se vea su curioso funcionamiento. Aquí un ensayo preventivo de eso.
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| Precioso boleto |
En veloz secuencia —poco más de 24 horas— se desarrolla una trama
plena de incomunicaciones y malos entendidos. Las fuerzas que se enfrentan e
interactúan son visibles y tienen nombre, pero no siempre son lo que parecen.
Por un lado están Carlos Santana y su grupo, el empresario nacional, Peter
Koechlin, que los ha traído, las treinta mil personas que compran boletos para
asistir al concierto en el estadio de San Marcos, y hasta el alcalde de Lima, Eduardo ‘Chachi’ Dibós, que se suma
estratégicamente al evento repartiendo pergaminos honoríficos a los miembros de
la banda.
En el lado contrario, figura en aparente primer lugar la
Federación Universitaria de San Marcos (FUSM), línea de Pekín, como se decía
entonces con la vieja grafía. En comunicado público la FUSM condena el
concierto que se realizará en el estadio de la universidad. El diario Expreso,
de tendencia gobiernista, “levanta”
y promueve la causa pekinesa. Una noche, en vísperas del concierto, arde una
caseta de sonido. Eso es más elocuente que todos los comunicados. De todas
maneras, aún hay un intento de conciliación, el empresario Koechlin y el
músico, se entrevistan con el presidente interino de la FUSM Adolfo Calderón.
El oxímoron de Santana en Lima comienza a dar sus frutos. El siguiente
fragmento es parte de esa conversación registrada en cinta magnetofónica:
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| Pronto se corrió la voz- se han desnudado en público |
Adolfo Calderón: “Nos oponemos a esa actuación porque es una
manera de penetrar un arte que nosotros combatimos, porque no responde a una
iniciativa de superación, de desarrollo. Es, en una palabra, la alienación”.
Peter
Koechlin: “Compañero, nosotros vamos a
hacer música, simplemente. No tenemos nada que ver con la política. La música
trae el amor, la paz”.
Pero
ese desacuerdo, por muy radical y vistoso que parezca, no es en realidad
importante o decisiva. Las mismas chicas de la FUSM, después aplaudir las
arengas de sus líderes estudiantiles, todos hombres, se acercan al músico para
pedirle autógrafos. El empresario ya tiene en mente otra sede para el
concierto, en caso los pekineses no cedan.
Hay,
en cambio, otra fuerza que se manifiesta y tiene más influencia. Es lo que hoy
llamaríamos “los medios”, entonces
era “la prensa”, es decir, la
pequeña gavilla de reporteros y fotógrafos que aguarda a la estrella de rock en
la misma pista de aterrizaje. Todavía está muy lejos de convertirse en la horda
de cámaras y micrófonos que aplasta todo a su paso, son relativamente pocos,
casi no hay televisión ni radio, y solo tienen libretas de apuntes y cámaras
fotográficas.
El
primer error es de Santana que decide no hacer declaraciones. Los reporteros lo
toman como algo personal, como un desaire a la volátil pero siempre pundonorosa
prensa nacional. El segundo error también es de Santana, se abre o se quita la
camisa –las versiones difieren–, el hecho es que los pectorales de este
muchacho mejicano crecido en la bahía de San Francisco, son vistos por todos. “La voz se corrió,dijo quien estuvo al pie
de la escalera del avión ‘esos hippies se han desnudado en público’. La sacada
de camisa pronto se convirtió en apertura de cierre del pantalón”. Un agravante
más: los miembros de la banda se besaban entre ellos. Peace and love todavía no
había ganado. Hay una escena que resume la situación: Santana se quita la
camisa y “con ojos extenuados, algunos han dicho pichicateados, observó
risueñamente los intentos que hacía la prensa para arrancarle una palabra”.
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| Rockeros nacionales haciendo guardia en Santa María |
Según los entendidos, Santana y su grupo arrastraban “una juerga que venía desde Los Ángeles”.
Con buen criterio, el empresario Koechlin, los alojó en un hotel del balneario
de Santa María, relativamente a salvo de fanáticos y reporteros, pero no de
policías que, bajo el pretexto del resguardo, seguían de cerca lo que se hacía
y consumía en ese hotel de balneario. Santana pidió frejoles y no había en el
menú del hotel. Comprarían frejoles en lata y varios kilos de panamitos se
pondrían a remojar esa misma noche para estar listos al día siguiente, pero el
tiempo se agotaba, Santana no llegaría a probar las alubias de Chincha Alta. Ni
siquiera había tiempo para dormir, cuando Koechlin “les propuso unas horitas de sueño, Santana le dijo: ´Peter, sabes que
hemos venido a descansar, así que no pensamos dormir´”.
A la mañana siguiente, con los ojos más extenuados que nunca, la
banda en pleno se dirigió a la Municipalidad de Lima en dos Cadillacs negros.
Al salir después de la ceremonia de entrega de pergaminos, Santana cruzó la
plaza y entró a la catedral donde se arrodilló un momento ante el Altísimo. Si
hubiera ocurrido antes, tal vez ese gesto los hubiera salvado, pero ya no había
tiempo. En la siguiente parada de los Cadillacs negros, la Policía de
Investigaciones del Perú (PIP), los esperaba.
El detalle muestra la mano de los verdaderos dueños de la situación: el gobierno revolucionario, es decir, la docena o más de generales que se conocen desde que eran muchachos y gobiernan el país
El detalle muestra la mano de los verdaderos dueños de la situación: el gobierno revolucionario, es decir, la docena o más de generales que se conocen desde que eran muchachos y gobiernan el país
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| Santana en Santa María |
Esa misma mañana, en sus despachos ministeriales, leerían los
periódicos que daban cuenta del accidentado aterrizaje de los músicos, tomarían
nota de la escasa simpatía con que se los trataba. Antes o después, escucharían
los informes verbales sobre la interminable juerga de Santana en Santa María.
Era más que suficiente para dar un manotazo, menos que eso, un rugido, que
tendría inmediato apoyo. “Tanto pelo
siempre causa sospechas. Para un buen número de mayores de edad –dijo CARETAS–
la cosa estaba muy bien”. En términos del comunicado oficial, bastaba decir que
Santana había “demostrado que sus actividades son contrarias a las buenas
costumbres del pueblo peruano, y al objetivo moralizador del Gobierno
Revolucionario”.
A cuatro años de tomar el poder, el gobierno militar estaba en una
especie de duelo contra sí mismo para demostrar cuál ministro del Interior
podía ser más severo. Al general Artola lo había sucedido el general Richter,
que incidentalmente estaba de gira en Ayacucho, su tierra natal, desde donde
seguía el caso e impartía autorizaciones.
Poco después del mediodía del viernes, Santana y su grupo quedaron
retenidos en el edificio Art Deco de la Avenida España, más conocido como la
Prefectura. ¿Qué hicieron allí durante
las siguientes doce horas? Como todos los detenidos, esperar. El único
hecho cierto es que Santana y su grupo fueron deportados en la madrugada del
sábado en un vuelo comercial con destino a la ciudad de Miami. El corto
episodio de Santana en Lima había terminado.
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| Accidentado aterrizaje en el Jorge Chávez |
El resto son ecos cada vez más débiles. Un grupo de seguidores de
Santana, ¿cuántos serían?, marchó en
señal de protesta por la Plaza de Armas. Esta revista registró que “una llorosa quinceañera exclamó: ¡es un
atentado contra la libertad de música!”. El empresario Peter Koechlin
terminó con una deuda de casi tres millones de soles. Los instrumentos de la
banda y su equipo, varias toneladas de peso, quedaron depositados en Lima durante
semanas y meses hasta que pudieron ser recuperados.
El mismo Santana parece no haber comprendido la trama que lo había envuelto. Cuando despertó en un hotel en Miami, llamó por teléfono a su empresario en Lima, y lo primero que dijo fue: “Hello Peter, ¿qué pasó?, ¿por qué nos sacaron?”.
El mismo Santana parece no haber comprendido la trama que lo había envuelto. Cuando despertó en un hotel en Miami, llamó por teléfono a su empresario en Lima, y lo primero que dijo fue: “Hello Peter, ¿qué pasó?, ¿por qué nos sacaron?”.
La historia, sin embargo, recién comenzaba a contarse. El
incidente quedó atrás en el tiempo, pero su mención se cargó de significados
casi políticos, que después se pasarían a la cuenta del gobierno militar y su
estolidez autoritaria. Pero, ¿quiénes
recibieron el verdadero golpe?, ¿quiénes eran las treinta mil personas que
podían pagar sus boletos de entrada “al muy respetable precio de cien soles”? Jóvenes
nacidos en la década de los cincuenta, hijos de las clases medias y altas, que
cantaban en inglés y salían al mundo en medio de una época que contradecía su
posición y sus gustos. Eran demasiado débiles como grupo para no ser aplastados
por otras fuerzas en el caso Santana, pero las corrientes mundiales los hacían
más visibles que antes. A su manera discreta y apagada, aquí también tuvimos “la súbita irrupción de la adolescencia en
la historia”.
El historiador del rock Carlos Torres Rotondo describe el episodio
como “un punto de inflexión” en una
existencia más bien triste y desolada. El último acto de lo que llama “la primera escena del rock en el Perú”.
Las “matinales” de los sesenta y las “fiestas psicodélicas” de comienzos de
los setenta fueron el comienzo de algo que no fructificó. El manotazo del
gobierno militar selló ese destino. Con el tiempo se formó una leyenda según la
cual el gobierno militar fue el culpable de la frustración esencial del rock
nacional, una suerte de Velasco como íntimo enemigo. Algo análogo a esa otra
leyenda de la época, sobre el destino esplendoroso de la televisión peruana
después de “Simplemente María”, si no fuera por los militares.
Historias que no fueron, sueños incumplidos, la materia misma de nuestro ser
criollo y colonial.






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