- El Madrid prolonga su relato ganador con el duodécimo título, tras reponerse a un tibio inicio y aplastar después a la Juventus
La gloria es el lugar donde habitan, hoy, los enamorados del
Madrid, un equipo voluptuoso, incluso arrogante y hasta obsceno, como
Cristiano, pero siempre arrebatador, siempre ganador. A diferencia de lo que
dice el bolero, para los seguidores madridistas la gloria no es «el consuelo de
los mortales al morir», ya que se trata de su estado natural. Son afortunados.
No sólo porque la victoria les quiera como a ningunos, sino porque se trata de
un amor correspondido. Es difícil que todas las partes de sus vidas sean
colmadas de la misma forma que lo hace un equipo que es una utopía. ¿Qué, si
no, es la gloria?
Poco importa el continente, sea Cardiff, Milán, Lisboa,
Glasgow, Amsterdam o Bruselas. Poco importan los actores, antes de ayer Di
Stéfano, ayer Sergio Ramos, hoy Cristiano. Importa el relato, cuyo único eje es
la victoria. Todo los demás es circunstancial. El Madrid alzó su duodécima
Champions a costa de la Juventus a partir de la sonrisa de Zidane. En
Amsterdam, en cambio, fue desde el absentismo de Heynckes. La realidad es que
en su idilio con Europa le ha ido mucho mejor con la primera, como prueban la
flema de Miguel Muñoz, Del Bosque, Ancelotti o el francés. Es gente que no
necesitó sentirse superior, pese a estar rodeada de seres superiores. La superioridad
es como la gloria, un intangible que no se proclama, se interpreta.
Zidane y el mortal Cristiano
En la forma de hacerlo por parte de Zidane hay grandeza, por
su capacidad desimplificar lo complejo, de humanizar lo inhumano. Es lo que ha
hecho con Cristiano, al que ha tratado como a un mortal para acercarlo más a la
inmortalidad, tras sus dos goles en la final. Después de Cardiff, puede igualar
a Messi en todo, ya en Champions (cuatro) y hasta en Balones de Oro (cinco).
Este segundo título consecutivo del Madrid lo es también de
su entrenador. Hay muchas enseñanzas en esta temporada que llevan su rúbrica, y
la primera es ladiferencia que hay entre amontonar el talento y organizarlo. La
verdad es que el Madrid no lo había necesitado antes para mandar en Europa,
pero sí para ser reconocido por algo más que por su historia o por su dinero.
Hoy, es más creíble en el campo.
La Juve y el malditismo
Lo es también la Juventus, porque se pueden hacer las cosas
bien y perder, como las hace Allegri, entrenador de una pieza. El malditismo,
con siete derrotas en nueve finales, es parte de su relato, como lo es la
victoria para el Madrid. Su mejor inicio en Cardiff, incluido el empate, se
vino abajo cuando la pelota impuso la realidad, y es que la calidad de los
hombres de Zidane es incomparable. Sólo había que jugar.
Existía una duda por despejar, y era cómo se iban a disponer
sus centrales, la joya de la corona de Allegri. Lo hicieron en línea de tres,
hecho que apuntaba lo que Zidane esperaba, nada de una Juve defensiva, sino
jerárquica, con iniciativa. La reacción inicial del Madrid no fue buena,
superado con la pelota y sin ella. El gol de Cristiano, en una contra, fue como
un espejismo que el equipo de Zidane no supo hacer perdurar en la retina lo
suficiente como para dar tiempo a que las dudas germinaran. Fue un intervalo
breve el que transcurrió entre el tanto del Madrid y la excepcional media
vuelta de Mandzukic, menos de cinco minutos, pero en ellos dio la sensación de
que se jugara el desenlace de la final, en lugar del comienzo.
Cuando se habla de tres centrales, la conclusión fácil es
creer que es una disposición ultradefensiva, pero cuando se tiene la pelota, es
todo lo contrario, dado que permite avanzar a los hombres de banda y crear
superioridad en el centro. La situación superó a Casemiro y redujo a Modric,
que sólo podía respirar cuando se encontraba con Isco en los tres cuartos y el
Madrid enlazaba varios pases. En esa zona, durante todo el primer tiempo, mandó
Pjanic, preciso y duro en el disparo. A los pocos minutos, exigió lo mejor de
Keylor.
El Madrid necesitaba balón y espacio. Una vez que pudo
encontrarse con ambos, llegó el gol. Era el primer disparo del equipo de Zidane
entre los tres palos, y lo sería en todo el primer tiempo. Kroos alcanzó los
tres cuartos y tocó para Benzema.Cristiano hizo la pared con Carvajal y, con
toda la portería en panorámica, colocó allá donde resultaba imposible incluso
para la envergadura de un albatros como Buffon. Bonucci desvió levemente.
Mandzukic, un tormento
La profundidad de Carvajal había servido para mostrar un
camino muy productivo para el Madrid, pero que había explorado poco, tanto en
la derecha como en la izquierda. La razón estaba en el trabajo de Alves sobre
Marcelo y, muy especialmente, el de Mandzukic en la izquierda. El croata no
sólo marcó un tanto de muchos quilates, sino que alteró el equilibrio habitual
de Carvajal. El remate del gol, de espaldas, fue un prodigio.
Si el Madrid seguía de la misma forma, la final peligraba
seriamente. De eso habló Zidane en el vestuario. Había que cambiar la dinámica,
y ello no dependía de los hombres, sino de la intensidad y la iniciativa que
hasta entonces no le había correspondido. Nada más iniciarse el segundo tiempo,
una acción fue como una señal. Barzagli sacó una pelota al límite a Isco. A
partir de ese momento, suya fue la tierra de nadie, desde donde provocó los
temblores en la defensa juventina.Zidane lo había escogido como titular. Fue un
acierto y fue justo. Bale partió desde el banco para disputar sus minutos en
Cardiff, pero cuando lo hizo no fue para sustituir a Isco, sino a Benzema, en
su versión más hipotensa.
El divo y el antidivo
Allegri se apercibió de que algo había cambiado y mandó
parar el partido a su tropa siempre que pudiera. Cualquier excusa servía. El
destino quiso que la balanza se declinara con el zapatazo de un antidivo,
Casemiro, ayudado por el que, tiempo atrás, estuvo en su puesto, Khedira.
Buffon no se lo podía creer. Su talla merecía ser batido de otra forma. Lo
sería. Ni Cuadrado, expulsado, ni Marchisio pudieron reconducir la situación.
Casemiro representa el sentido de equipo con el que Zidane
ha dotado a este Madrid. Hubo, pues, algo de metáfora en su tanto, como en el
cuarto, deAsensio, el jugador emergente, y en los minutos de Morata. Donde no
hay metáfora posible es en los de Cristiano. Son realidades como puños. Marcó
el primero en el momento crítico y el tercero, que declinaba la final, para
dejar al Madrid en su sitio: la gloria.



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