El nuevo reemplazo del director a cargo de la reconstrucción
es una muestra más del manejo desprolijo en este asunto.
Y, al igual que en los primeros dos casos, el sabor que deja
la reconstrucción del norte tiene más de amargo que de
positivo. Desde el inicio, la estrategia que siguió el gobierno fue poco clara,
con procesos tradicionales de inversión pública acoplados a otros más
expeditivos, una Autoridad para la Reconstrucción con Cambios (ARCC) que
compartía confusamente espacios y responsabilidades con los ministerios y
gobiernos subnacionales –quienes a su vez también desafinaban entre ellos–, y
presupuestos y metas que se iban modificando sustancialmente conforme avanzaba
el año.
En medio de este inestable panorama, la continuidad dentro
de la ARCC ha sido también materia inconsistente. Empezó
frente a ella Pablo de la Flor, quien luego de cinco meses le dejó el cargo a
Edgar Quispe. Hace unos días, no obstante, el señor Quispe fue sucedido por el
ex gobernador de Lima Provincias Nelson Chui.
Es innegable que el proceso de reconstrucción con
cambio necesita, precisamente, cambios. Al cierre del 2018, casi dos años
luego de los desastres ocasionados por las lluvias, se habían transferido
S/5.300 millones a las unidades ejecutoras de ministerios y gobiernos
subnacionales de las 13 regiones afectadas. Ese monto comprende el 20,6% del
total a asignar (S/25.655 millones) para inversiones que se deberían terminar según
el Ejecutivo– antes del 2021. Más aun, a diciembre pasado, solo S/1.330
millones correspondían a obras terminadas, apenas el 5% del total de lo que se
pretende gastar en la reconstrucción. A ese ritmo, las obras culminarían, en
realidad, en 30 años.
El recambio dentro de la ARCC, si bien puede
imprimir una nueva velocidad a la inaceptablemente lenta inversión pública en
esta zona del país, es también una muestra del manejo desprolijo e improvisado
que se ha tenido con todo el proceso desde el inicio. Al sumar ya su tercer
director en menos de dos años –quien además está bajo investigación por
peculado doloso por presuntamente haber ordenado la entrega de regalos a sus
funcionarios de confianza durante su gestión de gobernador de Lima– y al haber
delegado una porción cada vez mayor del presupuesto público para la
reconstrucción a las autoridades regionales, provinciales y locales (muchas de
ellas incapaces de llevar a cabo tamaña responsabilidad), este gobierno y el
encabezado por el presidente Kuczynski no han podido demostrar una ruta estable
y creíble hacia reparar los daños y limitar el impacto de un nuevo FEN en
un plazo razonable. Los resultados concretos de este desaguisado son, además,
patentes.
Aunque se trate de un proyecto menos complejo, quizá el
camino que con relativo éxito ha seguido la preparación e inversión para los
Juegos Panamericanos de Lima este año pueda servir de base para repensar la
reconstrucción del norte. La contratación con el Gobierno Británico para tener
asesoría técnica de primer nivel fue una solución rápida a un asunto en el que
el tiempo escaseaba, sobre todo si se debía seguir la vía de inversión pública
regular. Es cierto que ello implicaría, para varios proyectos planteados en el
marco actual de la reconstrucción, una suerte de borrón y cuenta nueva. Ello,
sin embargo, no parece haber sido hasta ahora un gran problema.

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