Colombia y Paraguay
ubicaron a la Argentina en su lugar, el de un equipo envuelto en el dilema
shakesperiano de ser o no ser.
(Tiempo) La selección argentina vive en un estado de confusión permanente. Nada de esto empezó con la gestión de Lionel Scaloni, se arrastra desde antes, pero su designación primero como interino y luego como entrenador observado durante la Copa América se explica también por el marasmo que domina al equipo, a la estructura, a sus niveles institucionales, de las primeras a las terceras líneas. Tampoco es el empate con Paraguay, la sobrevida en la Copa América que le entregó la respiración artificial del VAR, como no lo fue la derrota con Colombia. Esos partidos, en realidad, son las consecuencias de una política que comenzó cuando Gerardo Martino fue empujado a la renuncia. Ese día la selección, que había establecido a las finales como su lugar en el mundo, comenzó a morir. La agonía se estiró con el pasaje al Mundial en Quito, con la insurrección en San Petersburgo contra Nigeria, lo que salvó la primera ronda de Rusia, y acaso también se estire con lo que podría ser la eventual clasificación frente a Qatar, una selección sin tradición de la que ahora se duda si se le podrá ganar.
Dentro de esa confusión -un desmadre en el que nadie, ni
siquiera Claudio Tapia, el principal
responsable de esta historia, parece tener el control-, el cambio de Ángel
Di María por Lautaro Martínez justo en el momento en el que la selección era lo
más parecido a un equipo se convierte en una anécdota. Como se convirtió en una
anécdota el cambio de Matías Suárez por Sergio Agüero frente a Colombia. En su
segundo partido oficial como entrenador, Scaloni expone sus inseguridades,
entendibles para alguien que recién comienza, pero inentendible que algo así se
tramite con la selección argentina, un equipo que necesita certezas, un rumbo,
firmeza para hacerlo valer aún en la adversidad.
Todo técnico puede tener decisiones equivocadas, ideas que
salen mal, pero el sello de la actual administración es la ausencia de
criterios, la falta de explicaciones, el movimiento nervioso de jugadores.
Giovani Lo Celso va por la derecha y otra vez va por izquierda. Di María deja
el equipo un día y entra como la posible salvación horas después. Renzo Saravia
es el favorito para el lateral derecho pero un partido es suficiente para que
vuele del puesto. Y para que lo reemplace Milton Casco, poco acostumbrado a la
derecha. Los jugadores aparecen abatidos. Algunos de ellos por debajo de lo que
se piensa como su nivel, tendrán su responsabilidad, pero lo colectivo
condiciona lo individual. No hay Messi que te salve cuando no construiste un
equipo.
A Paraguay le alcanzó para hacerle algunas zancadillas a la
Argentina. Miguel Almirón ridiculizó a la defensa en el gol de Richard Sánchez.
Dejó varados en el suelo de Belo Horizonte a Roberto Pereyra y Casco con la
corrida. Sólo el penal de VAR que Lionel Messi se hizo cargo de marcar volvió a
darle oxígeno al equipo. Y luego el penal que Armani le tapó a Derlis González
alimentó también el costado emocional. Cuatro minutos después, Scaloni hundió
al equipo, lo convirtió en un galeón anclado. Cambió a Lautaro por Di María. La
Argentina se abrazó al empate.
En la selección, Scaloni estrena lo que podría ser un
género: las conferencias de prensa a base de fake news. Desde buenos partidos
de un equipo que no se sabe a qué juega hasta la explicación de un cambio con
argumentos que contradicen los protagonistas. Ayer el técnico dijo que había
hablado con Lautaro el posible cambio por un golpe pero el jugador respondió
que podía seguir. Scaloni podrá hacer carrera en el fútbol, la tendrá,
pero no es la selección argentina el lugar para empezar. Un liderazgo se
construye, pero necesita alguna base, cierta experiencia, haberse equivocado
antes. Por encima de él hay una leyenda, César Luis Menotti, se supone que
encargado de tomar las decisiones sobre el futuro del equipo. Pero por ahora no
acompaña al plantel y, sin embargo, publica sus columnas en un diario catalán
con opiniones referidas al equipo sobre el que tendrá que tomar decisiones.
Pasaba algo parecido con Carlos Bilardo cuando era director de selecciones y
dedicaba largas homilías en sus medianoches radiales.
Desde 1974, con el nacimiento de la selección de fútbol
moderna y la solidificación de un prestigio, precisamente de la mano de
Menotti, la Argentina tuvo dos títulos mundiales, dos Copa América, y medallas
olímpicas. También grandes derrotas, algunas de mucho ruido,
eliminaciones en primera ronda, ausencias de jugadores, momentos que se
desaprovecharon. Pero todo era futbolístico, se limitaba a las decisiones que
se toman en torno al juego. Esta crisis es estructural, la más profunda en 45
años. Una crisis que además invade al fútbol argentino, a su liga, a sus
niveles formativos. Debe dar cuenta de
esto Chiqui Tapia, el presidente de la AFA. Y también su vice, Daniel Angelici.
La AFA fue un botín de guerra desde la muerte de Julio Grondona. En la
historia de cómo se rompió la selección hay que contar la etapa del comité
normalizador, los delegados del gobierno de Mauricio Macri, una colonización
que derivó del 38 a 38. Algunos de esos nombres parecen salir indemnes en las
crónicas de estos días.
El prestigio que tanto costó edificar fue demolido con un
martillazo tras otro en un tiempo nada menos coincidente con un futbolista como
Messi. Pero también con jugadores como Agüero, visiblemente manoseado cuando el
entrenador le filtra a la prensa que no lo convocará para la copa y luego se ve
obligado a llamarlo, o que se lo sacará del equipo después de un partido y
luego se obligado a mandarlo a la cancha. Colombia y Paraguay ubicaron a la
Argentina en su lugar, el de un equipo envuelto en el dilema shakesperiano de
ser o no ser. Le ganamos a Qatar, la invitada, una selección que jamás jugó un
Mundial, algo que hará recién cuando se convierta en territorio FIFA en 2022.
También ese destino está en duda para la Argentina. Pase lo que pase el domingo
en Porto Alegre, lo que hay que pensar es cómo volver a empezar.


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